2. EL PENSAMIENTO DE PLATÓN
2.1. Teoría de las ideas: dualismo
ontológico.
Según Platón, el mundo físico-natural
que percibimos se guía por el movimiento y se encuentra en incesante cambio;
por tanto, es imposible conocerlo científicamente.
Platón responde que las flores o los caballos del mundo
sensible han sido creados a partir de correspondientes modelos inmateriales.
Así. animales y, en general, los seres vivos son desde luego mortales; no
obstante, la forma o modelo inmaterial que corresponde a cada uno de ellos, la
idea a partir de la que se crean todas las cosas no muere jamás, puesto que es
eterna e inmutable.
Por tanto, existe un aspecto del ser que
permanece siempre igual, que no cambia. Pues bien, lo que permanece es aquéllo que engloba el
concepto que estamos definiendo, es decir, la forma o idea que se refiere al
conjunto de las cosas que comparten nombre. Ahora bien, la palabra idea puede
desviarnos del camino, si no lo comprendemos adecuadamente.
Puede haber muchos seres bellos, pero la
belleza que es modelo para todas las cosas bellas, es única, igual que la
obligación, la amistad, la belleza la prudencia y el amor son permanentes y
universales. Para decidir qué es justo, conviene no acudir a las técnicas
persuasivas (a la retórica), sino a la verdadera realidad (la idea). La relevancia
de la teoría de las ideas consiste, pues, en todo lo dicho.
2.1.1. El mundo de las ideas
Según la teoría de las ideas de Platón,
las ideas universales pertenecen a un dominio ajeno al mundo material. Además,
parece que la distancia entre el mundo material y el mundo de las ideas llega a
ser incluso espacial. Las ideas permanecen eternamente en su dominio, mientras
que los seres del mundo físico cambian y se transforman continuamente. Todas
las cosas del mundo sensible adoptan su ser a partir del universal que les
corresponde en el mundo de las ideas, es decir, todas las cosas del mundo
sensible participan del mundo de las ideas, de modo que todo lo que pertenece
al mundo inferior es en realidad la copia de su forma o idea. El mundo sensible
es múltiple, puesto que las flores, los caballo o los dedos que participan de
la idea que les da forma lo son también; sin embargo, cada uno de ellos adopta
una determinada forma y no agota en absoluto la idea.
Aunque nadie llegara nunca a percibirlas
o a conocerlas, las ideas permanecerían eternamente.
Como dice Platón en el Timeo, al crear
el mundo, el Demiurgo contaba, por un lado, con la materia, y por otro, con el
conjunto de ideas que daría forma a la materia. Por tanto, Platón expone una
vez más que las ideas se hallan necesariamente más allá de este mundo.
2.1.2. Necesidad de que existan otras
ideas
Más allá de cualquier idea o forma,
Platón quiso estudiar las ideas universales en el campo de la moral (Justicia,
Bien) y la estética (Belleza). Más tarde, Platón consideró que, además de las
ideas de Bien y de Belleza, también había que definir otros seres que, a pesar
de ser ordinarios o feos, podían ser expresados por una definición. Así pues,
habría igualmente que definir objetos como caballo, casa o roca. Como de hecho
hay varios tipos de ideas universales, y algunos se refieren a cosa feas y
otros a cosas hermosas, Platón expresó que debía haber una especie de niveles
de las esencias: es decir, un conjunto de ideas que conforman una jerarquía. La
idea principal es la del bien, que alcanza el punto más perfecto en esa
jerarquía, pues alumbra el mundo inteligible, lo hace comprensible, del mismo
modo que el Sol alumbra el mundo sensible haciéndolo visible a nuestros ojos
(el mito de la caverna). Bajo la idea de bien, encontramos las ideas
matemáticas y las científicas en general, y finalmente, las ideas de nivel
inferior que son los modelos para las cosas más toscas.
CARACTERÍSTICAS DE LAS IDEAS:
- Las
ideas son objetos de la razón.
- Las
ideas son las referencias esenciales para el conocimiento de las cosas que
percibimos a través de los sentidos.
- Las
ideas son las causas de los objetos naturales.
2.2. Teoría del conocimiento: dualismo
epistemológico
2.2.1. Ciencia y opinión
- Los
sentidos no proporcionan el verdadero conocimiento de las cosas.
- Por
tanto, el verdadero conocimiento no puede ser la percepción, ya que éste se
dirige exclusivamente a las apariencias.
- Por
otro lado, la percepción no puede apercibirse del conjunto de los contenidos
del cono-cimiento, ya que a través de nuestra capacidad argumentativa y nuestro
razonamiento se nos ocurren múltiples ideas.
- Alcanzamos
el verdadero conocimiento a través de la razón.
Como sabemos, en ese camino hacia el
conocimiento, debemos pasar inevitablemente por los siguientes tres estados:
- Nivel
de la ignorancia, El estado del prepotente que se cree acreedor de la auténtica
sabiduría es pura ignorancia.
- Nivel
de los sentidos. El estado de sabiduría basado en la información proporcionada
por los sentidos es el nivel intermedio en el conocimiento, puesto que no
consiste más que en verter opiniones sobre la realidad.
- Nivel
de la razón, El estado al que se llega tras una paciente investigación de la
razón sobre la realidad es el nivel superior de conocimiento; es el único que
merece en rigor el nombre "cono-cimiento”, pues da como resultado la
ciencia.
Así pues, según la doctrina platónica
existirían varios grados de conocimiento; salvo en el primer estadio --en que
ningún objeto se conoce realmente-, contaríamos con los objetos de los
sentidos, por un lado, y con los de la razón, por otro.
Cuando a la ignorancia se
le añaden, por un lado, la presunción de sabiduría, y por otro, la sed de
poder, la desgracia está asegurada. Por tanto, como hemos señalado antes, la
ignorancia consistiría fundamentalmente en la falsa presunción de sabiduría.
En todo caso, según Platón es imposible
actuar mal voluntariamente, es decir, es imposible ser consciente de que se
está actuando mal. El conocimiento no puede enseñarse, ya
que es consecuencia de una actitud individual. La teoría del conocimiento de
Platón está estrechamente vinculada a la noción de areté (virtud). La palabra areté designa el
desarrollo pleno de cada ser. Cuando alguien se entrega enteramente a sus
obligaciones esenciales la areté de esa persona se realiza plenamente
(valentía, prudencia, generosidad, etcétera).
De todas formas, resulta obvio que el
aprendizaje de distintas conductas es inconmensurable. La pericia del campesino
para cultivar la tierra, o la del timonel para dirigir un barco, nada tienen
que ver con el aprendizaje humano, ni pueden siquiera compararse a la enseñanza
de la virtud. Las habilidades mencionadas son ciertamente extraordinarias, y
cabe aprenderlas, pero no así la enseñanza de la virtud, que es irrealizable.
Tomemos como ejemplo a los hombres y mujeres ricos: aunque alcancen el éxito en
los negocios o en la vida política, difícilmente consiguen enseñar su pericia,
ni siquiera a sus propios hijos.
2.2.2. La idea del Bien y la dialéctica
Para alcanzar la sabiduría, es preciso
ascender de un grado de conocimiento a otro, y la impulsora fundamental de esa
transición es la educación. El proceso de aprendizaje que supone ese ascenso
(difícil ascenso) es la dialéctica, si bien estrictamente, sólo corresponde al
último grado de conocimiento. Por medio de preguntas y respuestas, a saber, por
medio del diálogo, se alcanzan los principios de la ciencia, para lo cual hay
que desechar primero las falsas hipótesis
(opiniones), hasta llegar a conocer los conceptos inmutables (la
ciencia). Quienes han de dar el último paso son los filósofos, que son los
verdaderos dialécticos, aquéllos que habiendo alcanzado la ciencia consiguen
conocer el último grado de conocimiento: el Bien. Cuando se da fin a este
período de formación, el filósofo está preparado para gobernar la ciudad.
El primer objeto de investigación del
pasaje que vamos a estudiar pertenece al libro VII de La República, en el que,
como en otras tantas ocasiones, Platón se sirve de una alegoría; en este caso,
el mito de la caverna.
Platón intenta enseñarnos que la
situación de nuestro intelecto es parecido al de los hombres \ mujeres
encadenados en la caverna. Como ya hemos dicho, el único modo de conocer la
realidad más allá de lo que dictan los sentidos es la educación, pues sólo ella
consigue que las personas pasen del estado inferior en que sólo ven reflejos,
al estado superior en que ven el mundo exterior. La educación también permite
el acceso al grado superior del ser, esto es, el bien -el sol, en el mito de la
caverna.
Resulta evidente que en el proceso de
formación en que los seres humanos alcanzan el conocimiento del bien, los tipos
de ciencia que investigan tanto ideas. como conceptos resultan de máxima
importancia. Así, la aritmética -en tanto que conocimiento del cálculo-,
corrige las falsas percepciones de los sentidos; o la geometría, que es la
ciencia de las formas inmutables; o, finalmente, la astronomía, que investiga
los movimientos celestes que son perfectos.
2.2.3. El amor, impulsor del conocimiento
El intelecto no basta para alcanzar el
conocimiento. Es sin duda condición necesaria, pero no suficiente; hace falta
algo más, Hay que conseguir vincular el intelecto con su objeto de
conocimiento, y eso sólo se consigue a través del amor. Para comprender qué es
el amor, recordemos el ejemplo de Sócrates: para llegar a saber algo es
necesario partir de nuestra ignorancia y alejarse de la falsa presunción de
sabiduría; por tanto, debemos admitir que tenemos carencias, para que el amor
consiga tener un incentivo. ¿Qué otra cosa podría desear el amor sino aquello que
anhela? En efecto, el amor anhela la belleza y la sabiduría.
Para alcanzar a conocer la belleza
deseable, el ser humano debe ir superado una serie de estadios que le
conducirán hacia ella. Primero, se sentirá atraído por la belleza de un cuerpo,
una estatua, por ejemplo. A continuación, se percatará de que la belleza de
todos los cuerpos es igual, y concluirá que por encima de la belleza corporal
se halla la belleza del alma. Más adelante, se encaminará en busca de la
belleza contenida en las instituciones y las leyes; después, en la de la
ciencia; y finalmente, accederá a investigar la esencia de la belleza, esto es,
la belleza en sí. Así, captará que la noción absoluta, eterna y permanente de
belleza, de carácter supremo, es superior a la muerte, y la fuente de todas las
cosas bellas.
2.2.4. "Conocer es recordar"
Los
sofistas sostenían que el conocimiento es imposible, porque aunque halláramos
el objeto deseado, no podríamos identificarlo. Por ejemplo, si dos compañeros
de clase se cruzaran en la calle antes de haberse conocido, sería imposible que
el uno reconociera al otro, puesto que no hay conocimiento previo a su
encuentro.
Para
superar ese escepticismo, Platón expresa que el conocimiento consiste en el
recuerdo de lo que el alma sabe desde siempre. Así pues, enseñar no sería
propiamente proporcionar visión a los ojos, sino hacerlos mirar en la
dirección oportuna. De hecho, conocer no es aprender algo nuevo, sino
recordar aquello que el alma ya sabía. Expresado alegóricamente, el alma, antes
de unirse al cuerpo, conoció en otro tiempo las esencias de sus objetos de
conocimiento, pero los olvidó como consecuencia de una condena; y como el
mundo de los sentidos se constituye de copias de esas esencias, cuando el alma
las contempla, las recuerda, si bien aproximadamente, en su forma original.
Así
pues, aunque en el mundo no haya verdadera justicia, ni verdadero círculo, ni
verdaderas figuras geométricas, nuestra alma ha de contener necesariamente sus
formas, de manera que en alguna ocasión pueda alcanzar a conocerlas.
Para
recordar aquéllo que ya sabe, el ama debe ser eterna; de no ser así, no
podríamos superar el problema planteado por los sofistas, Pues bien, como
veremos en el siguiente apartado, el alma inmortal (idea de procedencia
pitagórica) es la garantía del conocimiento.
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